Desde ese tiempo desarrollamos una gran amistad, y cada vez que venía al país, pasaba por nuestras oficinas a saludarnos. Precisamente luego tuve la oportunidad de compartir con unos amigos en Puerto Príncipe, en Haití, al asumir mis funciones como Ministro Consejero y Cónsul General en Haití, y escuchaba de las buenas relaciones y excelente trabajo realizado como Agregado Militar.
Es notorio resaltar que cuando asumí mis funciones, el Agregado Militar, era el Coronel Geovanny Gutiérrez.
Al regresar a La República Dominicana, fue ascendido a General del Ejército Nacional, pero además, desarrollaba un próspero negocio de producción de aguacates, desde su natal Ciudad de Ocoa.
Al ser retirado incursionó en Política, y siempre en mis visitas a República Dominicana, lo contactaba y almorzabamos juntos, desde una oficina cerca del recinto de La PUCMM.
Hace como un mes, estaba parqueando mi carro en el alto Manhattan y se inició un dialogo con encargado del parqueo, y al decirme que era de Ocoa, comencé a hablarle del General (r) Carlos Castillo Pimentel y me informa que había muerto. Para mi fue la noticia mas impactante recibida en los últimos años, pues, le había informado que tenía dos hijos militares en Marine Corps, y me dijo, que cuando fuese a Santo Domingo no dejara de llevárselos para conocerlos.
En sus visitas a mi oficina, siempre iba acompañado de su hijo varón, y para mí es un placer, darle una calurosa bienvenida a New York, al Cónsul en Puerto Príncipe, Haití, a Carlos Castillo, quien tuve la honra de verle y conocerle desde niño, a pesar de que hace bastante tiempo que no le veo.
Le deseamos que tenga éxito en su misión social que está llevando a cabo, con organizaciones de nuestra colonia dominicana y sus aspiraciones políticas como Senador de la Provincia de Ocoa.
Para ilustrar quien era el gran amigo, Carlos Castillo Pimentel, un hombre super sencillo, y con una alegría contagiante, nos permitimos reproducir, una nota del General(r), José Miguel Soto Jiménez, desde su proyecto: "V República".
Carlos Castillo Pimentel
Para algunos pensadores latinos la muerte era la última razón de todo. La razón final de cualquier argumento imprescindible. La extrema unción de la palabra que se quiebra y se diluye en el último eco que se apaga. La frustración de las promesas rotas. El pleonasmo vulgar de toda ausencia. La negación. La falta total de futuros pormenores, donde el detalle imperfecto interrumpe el conteo racional que se equivoca.
Algo que se detiene en el umbral de la certeza, como si se detuviera de repente la rutina cabal del egoísmo. La acción íntima y simple de morirse. Acabar el cuento trivial. Pasar la página. La hora personal que se termina. Tropezar. Perder la guerra. El paso firme que se da hacia el vacio de la nadidad que se asume sin querer. Lo irremediable. La maquinaria esa que falla y se quebranta. Alguien que saca tu expediente indiferente y coloca tu memoria en la contabilidad pasiva del recuerdo, sin reparar en las excusas de los afanes de la historia.
Un poeta muy nuestro, vio la muerte como “un cristal en donde se desnuda el silencio”.
Yo la veo como un oficio vano, una tarea absurda como la de “degollar la sombra de un cordero”. Neruda la vio vestida de almirante. Otros la pretendieron, fatal, celosa, egoísta, siempre inoportuna y hasta caprichosa, veleidosa y fea.
En el caso inesperado y doloroso del general Carlos Castillo Pimentel, soldado de pies a cabeza, dominicano esencial y amigo entrañable, la muerte se me ocurre como un sable que se envaina para siempre, y al enterarme de su deceso insólito, un sonido metálico de hierros que chocan encajando en el cierre del espadín, colmaron los oídos de mi pesar y me llenaron el ánimo de aleteos marciales de arcángeles caídos.
Guardia medular, ocoeño ejemplar, meritorio y esforzado productor, empresario agrícola, vivía en la exaltación de la institución a la que entregó sus mejores años. En la que se formó de manera ejemplar, entre la academia y el cuartel, ejerciendo las fatigas del deber, con un dominicanismo uniformado que recreaba en sus esencias primordiales y autenticas, los perfiles de una profesión que, a pesar de estar engalanada con una meritoria hoja de servicios, a su paso por las mejores escuelas, se alimentaba orgullosa de las nostalgias de ese rigor de la “guardia amarilla”, la “guardia rustica” a la que solía aludir entre reminiscencias emocionadas y razones de una institución tan necesaria en la vida de la nación.
Él había ingresado a la academia militar en 1956, en el mismo año que yo nací, fue miembro de la primera promoción de esa fragua de soldados. Cumplió como oficial destinos honrosos de manera cabal, vio la acción cumpliendo importantes misiones. Fue comandante del cuerpo de la escuela de cadetes, llegó a dirigirla. Colaborador de la Revista Militar. Oficial de Estado Mayor. Comandante de tropas. Instructor, gran organizador, trabajador incansable, hombre sin miedos, excelente compañero.
Fue el comandante fundador del Sexto Batallón de Cazadores, y en 1988 ya retirado, en un homenaje que me tocó hacerle en esa unidad de montaña, pude comprobar en sus palabras improvisadas y emocionadas, que recordaba por sus apodos la mayoría de los oficiales y soldados que estuvieron bajo su mando en esa unidad elite de las Fuerzas Armadas.
A orillas del Potomac, en una visita que me giró, aprovechando un viaje que hizo para ver a su hija, no solo pude palpar su solidaridad pletórica en su enorme “corazón uniformado” sino también su inteligencia preclara en cuanto a los asuntos del país y de la institución castrense. -La guardia es una madre dura, me dijo entonces, -pero una madre al fin y al cabo, me concluyó, entre reflexiones que se perdían en el cielo del Norte, en alas del humo de su famoso cigarro.
Pienso, que mas allá del afecto y la admiración que sentía por él, al ponderar sus meritos y cualidades, debo afirmar que nuestras instituciones armadas se privaron de la oportunidad de haberlo tenido en los mandos supremos, quizás por esas distorsiones y accidentes un tanto inconsecuentes de la carrera militar.
Sin embargo, no es hora de reclamaciones inútiles de lo que pudo ser y no fue, y entonces, solo consideró apropiado en esta hora del luto sincero que embarga a sus familiares y a los camaradas que tanto amó, lamentar la pérdida del amigo que siempre me distinguió y aconsejó, a pesar de la diferencia de edad y de rango, invitando a las nuevas generaciones de oficiales y soldados, que acudan a su recuerdo para invocar entre cornetas y redoblantes, trotes, caminatas y orden cerrado, el referente que sin dudas es y seguirá siendo este autentico e inolvidable soldado de la República.